jueves, 8 de enero de 2009

Felices Fiestas con Nydia!!

En estas fiestas, cumplí rigurosamente todos los rituales, que abarcan:
1) Salir a comprar los regalos el mismo 24 para tener que soportar horas de cola y olvidarme de la siesta que había programado.
2) Luchar por tratar de ser el primero de la familia que se bañe cuando sé que se repetirá la constante de todos los años y sólo podré gozar de una ducha de cinco minutos con agua fría.
3) Esperar ya vestido en el auto a que mi mamá acomode el palo para el rollo de cocina que quedó fuera de lugar, vea donde metió el celular y prenda las lamparitas del árbol de navidad, mientras Roberto protesta por la demora.
4) Llegar a lo de mi tía 20 minutos tarde y tener a todos esperando nuestro arribo para poder comenzar la ceremonia del brindis que habilitará el ataque masivo a la mesa donde esta la comida.
5) El griterío que se genera para asegurarse que todos los vasos estén llenos con algo para brindar y tratar de convencer, inútilmente, a mi abuela que no puede brindarse con agua, lo que motiva el ya remanido chiste de mi tío (“No importa, acaso nos vamos a quedar afuera del mundial en la primera ronda??!!...cuack!)
6) Comer como un mamut hasta el punto de reventar y atorarse la garganta con vitel thone (plato que sólo se hace para las fiestas vaya uno a saber por qué), pavo, lechón, arroyado de roquefort y nueces, ensalada Waldorf, ensalada de fruta, confites de chocolate, pasas de uva bañadas con chocolate, turrón (blando, semiblando, duro y el que te parte los dientes) y, por supuesto, pan dulce.
7) Chupar como un borracho certificado y olvidarse de los estrictos controles de alcoholemia, el sistema de puntaje para los conductores, que la silla donde estabamos sentados la había movido Paula hacía cinco minutos, que ya habíamos propuesto nueve brindis por las fiestas, que no tenemos ni talento ni afinación suficiente para cantar siquiera el “Payaso Plin Plin” o que la tía “Queca” no esta en edad para bailar Reggetón.
8) Terminar de brindar con la familia e intentar comunicarse con todos los amigos al mismo tiempo que otras 35 millones de personas y protestar porque el servicio de celulares funciona cada vez peor.
9) Arreglar una salida a “una fiesta de la Rubia” a la cual llegamos cerca de las 3.20 de la matina y de allí salir disparados para otra “que dicen que esta a full” pero que, misteriosamente, se calmó cuando uno arriba. De allí salir para la casa de Pablo donde se juntaban los pibes a brindar antes de enfilar para el boliche pero nunca partir y finalmente ver el amanecer tomando un “Ananá Fizz” solo en la plaza del barrio.
10) Levantarse con una resaca importante que deberemos disimular al mediodía cuando almorzaremos las sobras del día anterior.
11) Finalmente y en el mejor de los casos bajarse medio frasco de Hepatalgina.


Sin embargo, este año nuevo tuve la suerte de viajar al campo.
El campo es un lugar donde se respira tranquilidad, donde uno siente que pudiera acariciar las estrellas, donde se saborea el aroma del pasto de la mañana sacudiéndose el rocío, el de la tarde que sabe a mate amargo y el de la noche que recibe aliviado un baño de luna.
En el campo las horas pasan desapercibidas, el tiempo se diluye, la vida gira en torno al tiempo que imponen las estaciones y no los soberbios calendarios. El paisaje es amplio, los pulmones se colman de aire, la quietud es casi agotadora y el silencio sólo puede verse interrumpido por el trino de los pájaros que buscan pareja, alguna vaca lejana que mugen o el chillido de los téros siempre nerviosos, siempre alcahuetes.
Viajé con mi familia...y la tía Nydia, para los allegados, “la tía muda”. Esta mujer, cuya edad no pienso delatar pero que ya a asistido a la unión en pareja de varios de sus nietos, tiene el extraño talento de hablar casi sin respirar a un ritmo vertiginoso que imposibilita a los restantes asistentes a su disertación meter “un aviso publicitario”. Su dón esta tan finamente cultivado que, contrariamente a lo que uno pudiera suponer, no repite ninguna anécdota. Teje con maestría el tapiz de su monólogo en forma tal que puede comenzar hablando de los mosquitos para terminar haciendo alguna referencia al segundo plan quinquenal de Perón y de allí, casi sin escalas, al tuco que tanto le celebra uno de sus hijos. Tiene una vitalidad juvenil en su arrugado rostro que hasta disfruta de afirmar que “esto de llegar a viejo es una porquería” mientras se clava dos pedazos de salamines, reclama que le sirvan un poco más de cerveza, organiza su próximo viaje a Grecia y me recuerda que le grave las fotos en un “compact disc”.
La tía muda hace honor a su mote y no ahorró en criticas al carnicero que le deshuesó el pollo que rellenó con un menjunje de jamón, queso y ananá para ser devorado escasas horas después, como tampoco se cansó de alabar lo dichosa que era la gente que vivía en estos parajes del mundo al no tener necesidad de cerrar con llave la puerta de entrada de sus casas.
En resumidas cuentas ha sido un fin de año de lo más conversado (si es que se el término se pudiera aplicar) y así siguió al día siguiente cuando a eso de las 10 de la mañana me despertó con la infinidad de ruidos que hacía intentando calentar un café en el microondas. Terminé ayudándola cuando, sin solución de continuidad me dijo “Buenos días. ¿Hay nene no me ayudarías con esto que no sé dónde esta el botón para calentar? ¿Te desperté? Hace tanto tiempo que no dormía tanto, porque yo en Buenos Aires a eso de las seis ya estoy tomándome unos mates que me hacen bien para ir de cuerpo y........”.
Pese a todo, reconozco que debo sinceramente agradecerle a Nydia su predisposición, su jovialidad, su buen humor y su actitud dicharachera que alegró este comienzo de año, poniéndole una pincelada distinta y una imagen que quedó grabada en la lente de mi cámara pero que, por expreso pedido de ella, no publicaré en este blog: La ducha que se dio al borde de la pileta con agua fría y gorra de baño incluida. Eso sí, aclaró que las “partes intimas se las higieniza en el bidet”.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Balance

Ha llegado fin de año y luego de haber atravesado sus casi 365 días, los seres humanos nos ponemos a efectuar balances con un aire melancólico sazonado con una pizca de esperanza. Siempre me resultó llamativo este comportamiento que no es patrimonio exclusivo de los nostálgicos porteños y que es fomentado desde los medios de comunicación.
Las radios hacen "charts" con las cien, cincuenta o dos mil mejores canciones del año y arengan a la gente a que cuente que fue lo mejor y lo peor que vivieron. En la televisión se repiten los "programas collage" constituidos por pedazos de emisiones anteriores pegados todos juntos para cerrar con un saludo navideño grabado una semana antes. Es decir, una tremenda farsa que dice "no quiero laburar más". No me mal interpreten, no soy un adicto al trabajo y tengo serias dudas sobre si éste dignifica o es una excelente terapia inventada por un científico social que encontró en esta actividad la solución a la locura natural que anida en la especie humana. Pero digan la verdad... ¿Acaso no rompe soberanamente las pelotas todos esos programas de fin de año y películas de navidad (en lo que va de una semana me fumé como cinco...particularmente esa con un Billy Crystal ochentoso que es transportado por un tachero borracho y desagradable a lo largo de su vida)? ¿No es aquello un verdadero peligro para el sano ocio y la estabilidad mental?.
Es más, en el preciso momento en que escribo estas líneas sentado en mi cama en calzoncillos (perdón por tan desagradable imagen) mientras tomo unos mates, tengo el televisor sintonizado (que término viejo, por favor!!!!) en VH1 (...comentarios abstenerse) y pasan canciones "con conciencia social" al estilo de "Es tiempo de cambiar" de Juanes, cuya letra es tan mala como las otras que pueblan la mayoría de sus canciones y que cantamos sólo porque son "pegadizas" las melodías.
En fin, me extendí en disgregaciones y perdí el foco del relato. Como venía comentándoles sin mucha prolijidad literaria, es en esta época, cuando las personas miran la última hoja del calendario colgado de la pared, cuando se acaban los números para tachar, cuando el calor soporiza los pulmones y torna extremadamente difícil levantarse para ir a trabajar, cuando empiezan los cortes de luz por lo que nos metemos los aires acondicionados que compramos hace dos meses atrás en el último tramo de nuestro aparato digestivo, que tenemos la imperiosa necesidad de prender un cigarrillo (los que fumamos), servir un cafecito, agenciarnos una cerveza u otra cosa que sirva como soporte a los pensamientos, y poner sobre la balanza los logros y los fracasos, las tristezas y las alegrías y evaluar los objetivos no logrados y aquellos que nos proponemos realizar el año que viene.
Yo por mi parte desempolvo algún viejo compact (y cuando estoy hecho un loco jodón algún cassette) y me pongo viejos temas que logren sumirme en una rememoranza profunda y reconcentrada y allí nomás, sin asco ni piedad, me pongo a recordar cosas que me sucedieron este año que, demás esta decir, no compartiré en su totalidad con ustedes, pero que se ajustan bastante a lo clásico.
Tengo salud (ni mucha ni poca), tengo el amor de mis seres queridos. He conocido gente nueva que he abrigado en mi corazón y aquellas con que vengo compartiendo la vida desde hace tiempo aún puedo contarlas entre mis más sinceros afectos. He tenido la dicha de no haber perdido físicamente a personas que son pilares en mi vida. He madurado y sigo viendo el futuro como un océano de posibilidades. He encontrado el amor y la apatía, la injusticia y la revancha sana. Pero por sobre todas las cosas tengo la libertad de elegir mi destino, la forma en que quiero conducir mi vida y la madurez suficiente en esta etapa para disfrutar de las cosas que realmente valen la pena y digerir aquellas que no tienen porque ser siquiera meditadas. En definitiva, sigo sumando, errando, aprendiendo y mirando hacia delante, siempre hacia delante, sin olvidar mi pasado, fuente de lo que soy y savia de lo que seré en ésta única única vida que tengo la dicha de gozar.
Sin más, despido este 2008 satisfecho.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Mimí (2)


Hay días en que uno desea que un enviado celestial nos salve de seguir trabajando, que nuestro jefe muera o, en el mejor de los casos, ganar el Loto o el Quini y poder mandar a todos "a la mismísma c.d.m." para dedicarnos a criar panza y saborear exquisitos tragos a bordo de un crucero vitalicio. En mi caso, María, que estaba rumbo a su clase de teatro me llamó y, sin mucho esfuerzo, logró convencerme de ir a tomar unas cervezas.
Caminamos por Talcahuano rumbo al sur y en el camino me expuso una de sus teorías irrefutables: "El colectivo 39 es una masa, siempre viene en orden. Primero el uno, luego el dos y después el tres. Así uno sabe perfectamente cuanto va a tardar el que se tiene que tomar". Como no podía suceder de otra manera, ni bien terminó la categórica afirmación pasaron dos colectivos de la línea 39, ramal 2 juntos y luego uno que lucía, en su cartel luminoso, el número "1". Ella me dijo que se sentía estafada y dolida por esa actitud de desprecio que la línea había tenido con ella, su más acérrima defensora. Por mi parte aproveché la boleada para destilar mi humor ácido y la gaste todo el camino. Hubiera querido caminar más y seguir enfermándola pero ella, que para entonces me golpeaba el hombro y protestaba diciendo "Bueno, bueno eh!...no te banco, sali", decidió entrar en un bar en la esquina de Avenida de Mayo.
Allí quiso resarcirse esbozando su segunda gran teoría: "Los mensajes de texto van cargados con la vibra que tenía su emisor" pero su nivel de credibilidad era casi nulo y aunque debo admitir que alguna vez lo he pensado, solo me limité a mirarla con una sonrisa socarrona.
Pedimos dos cervezas y nos pusimos a dejar que el tiempo transcurriera en charla, hasta que se me ocurrió preguntarle por la vida de Mimí. Entre lo que me había contado anteriormente y los nuevos datos logré construir esta historia que tiene tanto de verdad como de fantasía.
"Por razones de vanidad no se sabe a ciencia cierta la edad de Mimí, aunque por mi experiencia personal calculaba que la fecha de su nacimiento estaba cercana a fines de la década del cuarenta. Las malas lenguas afirmaban que su alumbramiento se remontaba diez años atrás en el tiempo. Siempre vivió en la casa de sus padres en el barrio de Caballito, cerca de la iglesia del "Buen Pastor" donde asistía a la misa dominical sin excepción ni llegadas tarde, hasta que la temprana muerte de su padre y la acción de la razón borraron de su espíritu todo rastro de fe. Hija de un matrimonio de clase media, exiliados hacia estas tierras que prometían por lo menos paz, fue educada sobre los pilares del Trabajo y la Familia, y ni bien se recibió de Perito Mercantil, fue contratada como secretaria en una empresa multinacional donde la velocidad de sus dedos le permitió ganarse el dinero suficiente para colaborar con la economía familiar y darse algunos gustos mundanos. Ya acostumbrada a los gobiernos militares y despreocupada por los vaivenes de la política se sumergió en el movimiento hippie. La filosofía del amor libre le permitió conocer los ardores del cuerpo, los que disfrutó sin amor ni odio. Adoptó las remeras batik, los pantalones oxford, bicha, colgantes artesanales, sandalias y en los días de frío un par de alpargatas negras. Inútiles fueron los ruegos de su madre que veía con temor que su hija pudiera ser asociada a algún grupo "subversivo" y fuera chupada por los agentes de la represión. Ella transitó aquellos los duros como un extraño fantasma ajeno al mundo que la rodeaba, más preocupada por acompañar a su madre, quien ya entonces sufría de una osteoporósis avanzada, que enlodarse en oscuros vericuetos políticos. Pese a su aire de "familiera" no descuidó salir a disfrutar de las diversiones propias de su edad. Como mujer tenía una combinación irresistible; un físico más que voluptuoso, un rostro delicado y angelical, y un desparpajo en sus maneras y en su habla que la tornaban una fruta exótica sumamente atractiva. Ella, despreocupada de lo que producía en el sexo opuesto, disfrutaba del cortejo y de la elección, pero cuidando siempre de no entregar su corazón y su alma, los que permanecerían vírgenes hasta la llegada de ese amor que la deslumbraría. La espera fue larga pero lo encontró ya entrados los treinta años cuando entró a trabajar en la escribanía de María. El hombre que se apoderó de sus sentimientos y colmó su vientre de deseos, tenía un porte distinguido y un aire de mundo lo rodeaba al andar. Al hablar tenía aliento a menta y cilantro, podía cautivar a un auditorio ni bien la primera sílaba salía de su boca. Este hombre, que la desveló en las noches y la obligó a mitigar sus ansias con extraños, estaba casado y así permaneció largo tiempo hasta que finalmente se separó. Pero el destino obra de extrañas maneras y no pudo doblegarlo con sus insinuaciones y atenciones. Vanos fueron sus intentos pues el amor de aquel ser correspondió a otra mujer más joven y bella. El dolor se plasmó en la figura de Mimí deformándola y aunque intentó durante años deshacerse de ese sentimiento despreciado sin mala intención no tuvo éxito. Su alma había elegido y aún hoy, mantiene esa elección que tomó hace casi veinte años atrás, contentándose con pequeños gestos de galanería y un contacto laboral obligado que alimentan sus perennes e inútiles esperanzas".

miércoles, 29 de octubre de 2008

La pecera

Decidido a poder compartir un tiempo con mi amigo Luis y su chica la Ponja, a quien hasta hace escazos días atrás llamaba "La chirusa esa", por cuestiones que no tengo interés alguno en comentar en este momento, lo llamé por teléfono el sabado a la tarde para ver si nos encontrabamos.
Me aseguró que estaba despierto, aunque creo que faltó a la verdad y no sólo porque su voz era ronca y las vocales se estiraban tanto como las eses, sino porque era el mediodía y a esa hora suele estar durmiendo dada su inagotable capacidad para ello.
Finalmente entre bostesos que se me fueron contagiando, coordinamos que nos encontraríamos a comer en "Casimiro" de Belgrano ya que la Ponja iba a estar con su niño San y en ese lugar había un especio destinado exclusivamente al entretenimiento infantil y antes de cortar me encomendó la tarea de reservar mesa ya que suele estar hasta la manija.
A las 9.30 horas exactamente, ya que la puntualidad es uno de mis vicios, estaba llegando con Candela. Estacionamos en la puerta y, para mi asombro, Luis, quien goza de la pulsión contraria, se detenía detrás.
Temí que la tormenta de Santa Rosa se desatara en ese mismo momento o que la luna se tiñera de sangre presagiando el fin de los días; inclusive hasta temí que un terremoto azotara Buenos Aires y para alegría de los porteños la ciudad se transformara en una Estado Insular, en la Venecia Sudamericana, pero mis rezos fueron lo suficientemente fuertes.
Entregamos las llaves al pibe del "valet parkin" y entramos. En la recepción una mujer de teñido pelo rubio y cuidadas maneras chequeó nuestra reserva y colocó a la criatura una pulsera de papel de la cual cortó un cuadradito con un número de identificación que era el comprobante de que "ese niño" sólo podría retirarse con nosotros. Nada de pensar en regalarlo y no vaya a ser que algún padre pasado de copas tomara a cualquier criatura por propia y se fuera.
Igual, menudo problema habría tenido cualquier padre de rasgos occidentales que decidiera llevarse a San. Se imaginarán que el apodo de La Ponja no es una cuestión al azar y su pequeño hijo comparte las mismas características fisonómicas.
Otra chica llamada Soledad nos condujo hasta nuestra mesa. Ya identificado el tablón donde depositarían nuestras sustancias alimenticias La Poja se condujo hacia el lugar donde los niños podían berrear libremente fuera de las miradas atentas de los padres.
Este era un habitáculo rectangular, con una pared transparente que daba al salón comedor, completamente preparado para las delicias infantiles. Tenía una estructura de tubos y reposos de dos pisos por donde un sin fin de pequeños seres humanos corría golpeándose, se colgaban de sogas que pendían del techo, se sentaban en el interior de tubos de plástico con aberturas, se tiraban clavados hacia una pileta de pelotas multicolores, se pisaban los dedos para subir la escalera, se abrazaban y corrían, corrían, corrían y corrían. En aquel lugar había una especie de salón comedor con mesas dignas de los habitantes de "Liliput", donde se sentaban a comer el menú infantil que consistía en ñoquis, milanesas con puré y, si mal no recuerdo, hamburguesas con puré, cuantas veces quieran y cuando sintieran el llamado de la naturaleza. Esta laxitud en la dispensa de alimento para los seres habitantes de esta pecera me resultó extraña, aunque no tanto como la ausencia de vómitos puesto que me es casi inconcebible que una persona coma transpirado, ansioso y, ni bien trague el último bocado, salga despedido a tirarse de cabeza en una colchoneta, sin sentir una mínima nausea.
Además, dadas las largas horas que permanecía abierto el local, dentro de aquella pecera infantil se generaba, al final del día, una especie de microclíma similar a una selva amazónica donde la humedad no la brindaba una frondosa vegetación sino los sudores de cientos de niños desaforados.
Salí ahogado, con las manos sudorosas, pálido y los pantalones pegados a mis piernas, pero, principalmente, sordo y mareado.

martes, 30 de septiembre de 2008

Que cosa linda!

Hace unas semanas atrás recibí la invitación de mi madre y Roberto para viajar a la ciudad de Colón en Entre Ríos por cinco días. Chocho de poder cambiar un poco de aire y escapar de esta ciudad que amo tanto como odio, preparé mi petates (tres pares de medias, tres calzoncillos, tres remeras, desodorante y un libro. Claro esta que las zapatillas, el pantalón, el buso y la campera las pensaba llevar puestas), llamé a un taxi y me fui a lo de mi progenitora.
Al otro día de arribar decidimos ir a las termas de San José.
Si alguno de ustedes estuvo alguna vez en una terma habrán visto que es uno de los pocos lugares donde la gente impunemente se pasea con esas batas blancas que le dan al lugar un aire similar al que debe existir en un centro de desintoxicación, rehabilitación o un cotolengo.
Como hacía un frío interesante decidimos meternos en unas de las piletas techadas. Lo primero que sentí fue un baho húmedo con un tufillo a sudor. Observé el piso mojado, las moscas revoloteando en los charcos, el techo goteando y sólo pense que me encontraba en una especie de catacúmba o en un baño egipcio. Mi madre rápidamente divisó un lugar donde poder dejar todas las cosas sin que se mojaran y que, al mismo tiempo, no estuviera ubicado en la corriente de aire que se generaba cada vez que abrían la puerta, diera un poco de sol, no quedara demasiado lejos de los baños, tuviera “vecinos agradables”, distante de los tachos de basura y, al mismo tiempo le permitiera gozar de una visión perimetral. Tiramos todo y nos desvestimos.
Aquel “habitáculo de la salud” estaba repleto de gente inmóvil hundida, con gesto extasiado, en esa sopa humeánte donde compartían sus sudores licuados, los pelos desprendidos y, probablemente, hasta el líquido corporal de algún niño haragán para ir al baño.
Si bien esta breve descripción puede resultarles repugnante, no alcanza la magnitud del espectáculo que desgraciadamente estuve obligado a presenciar. Una mujer monstruosamente grande paso caminando junto a mí, que para entonces ya estaba sumergido en el brevaje. “Desde abajo”, pude ver que vestía una bikini color rosa con puntilla que, obviamente, no llegaba a contenerle toda su humanidad que se escapaba por el borde del corpiño. Le sobraba todo por todos lados y sin ningún tipo de piedad por el remanzo ocular de los presentes, se agachó a buscar sus ojotas que, para desgracia de este servidor, se encontraban al lado de mi cabeza. Y si, como imaginarán, su descomunal trasero quedó directamente apuntándome. Reconozco que quedé estupefacto observándo, con un gesto similar a la adoración, la mística aparición del “big but”.
De pronto las facciones de mi madre, quien se había ubicado en una de las plataformas con caños de los que salen unos chorros de agua a presión que te agujerean la espalda, se contrajeron. Giré hacia donde se dirijía su mirada.
Por una rampa, un hombre con similares características a las de la señora que mencioné, descendía a la pileta apoyado sobre dos piernitas rechonchas y compactas. Llegue a escuchar de la boca de mi madre un ahogado “¡Se va a resbalar!”. Microsegundos después comenzó a aletear en el aire tratando de estabilizar toda la masa de carne que temblaba gelatinosamente. Le fue imposible y calló de espaldas generando un tsunami cuya onda expansiva hizo que el agua golperara contra el borde opuesto de la pileta y arrastrara tres pares de sandalias, dos toallas, un paquete de galletitas y un bebé que gateaba en el borde de la pileta.
Lo más grave es que casi hace papilla a una nena que estaba jugando a su lado. Pobrecita, a su tierna edad vio avecinarse la muerte segura, pero gracias a su destreza infantíl logró saltar afuera de la pileta justo antes del impacto.
La madre tardó varios minutos en apaciguarle el ataque de pánico.
Puede que opinen que tengo algún tipo asco para con los gordos. Ciertamente estan equivocados y aún cuando no me crean y sostengan que me mueve algún tipo de “obesofobia”, estas opiniones me tienen sin cuidado.
Estuve un buen rato disfrutando de los supuestos beneficios del agua termal que aún desconozco cuales son, si funcionan o si son una especie de placebo con que psicológicamente nos engañamos.
Por supuesto, no podían faltar los comentarios psicosociales de mi madre. Estuvo treinta minutos mirando a una pareja joven, al cabo de lo cual me comentó: “Realmente él se esforzó por afearse pero parece simpático, ahora ella es una gordita asqueroza. ¡El le hablaba sin parar y ella ni bola! Hasta que se puso enfrente y como le obstaculizaba la visión lo abrazó y siguió sin prestarle atención...pero el tenía una cara de tarado enamorado!” Su reflexión era que el pibe no se merecía esa arpía y yo por mi lado pensaba “¡Flaco una vez que encontraste una que no te hable sin parar!... ¿qué parte no entendiste?”.
Luego vino lo mejor de la tarde, como si el desplomamiento y el desfile de ropa interior no hubiera sido suficiente, apareció una mujer cincuentona, delgada, con cara de bulldog, de pelo ondulado teñido de rubio furioso atado con una media cola de costado, los labios rojos, unos pantallones violetas con cinturón de igual color, una remera de las princesas de Disney (¡Si! Esas cinco princesas del orto que aparecen hasta en la crema para afeitar, todas sonrientes vaya uno a saber de que mierda) y un chaleco con motivos indigenas...Un verdadero esperpento... “¡Pero que cosa linda!” pensé.
Ansiaba escuchar el comentario de mi madre. Le chiste y le señalé a esta nena avejetada refiriéndole que se le habían caído todos los caramelos del frasco. Ella la miró y sonriente dijo “Esta fenomena...ya dio la vuelta completa...no tiene ningún problema psicológico, esta completamente sana” y siguió tomando mate amargo.
Desilucionado con el comentario, comí un par de biscochos de grasa y reflexioné en silencio: ¿Acaso es necesario ir a las “creamfields” para ver un montón de gente disfrazada haciendo ridiculeces? ¿Es indispensable sufrir una adicción para pasearse en bata sin vergüenza?.... ¡No!...visite las termas y ya esta...

viernes, 25 de julio de 2008

"Esa maldita especie"

Si filántropo es aquella “persona que se distingue por su amor al género humano” (Diccionario Enciclopédico El Ateneo, quinta edición, 1985) y su antónimo, misántropo, esta referdo a la categoría de seres humanos que sienten aversión, odio, asco o desprecio por los “animales mamíferos bípedos supuestamente racionales”, es indudable que los máximos exponente de esta última categoría son “Los Porteros”. Y quiero destacar que utilizo este término en forma deliberada.
Motiva a risa el ataque de histéria que experimentan estos seres cuando los llaman así. Como si se sintieran rebajados de su condición de “Magnánimos nobles, hijos de Dios, llamados regir las vidas de todos los condóminos del edificio” y contestan, con tono de reproche, “Yo soy El Encargado” mientras un haz de luz proveniente de la dicróica de la entrada ilumina sus cabellos.
A tanto ha llegado esta fobia por sentirse degradados que apelando a sus amplios poderes de persuasción (nótese que tienen la mezcla exacta entre “vieja chusma” y “director técnico del seleccionado nacional”), lograron que en las botoneras de los edificios ya no se identifique como “Portería” a la cueva donde anidan y se reproducen estas criaturas, sino que se haga referencia al “Encargado”. Inclusive, en algunos casos, el correspondiente botón se ubica en el centro del tablero, dándole un aire especial, al lado de los restantes botoncitos mundanos alineados para señalar las frías y vacías letras (o números) de los departamentos.
Ustedes pensarán seguramente que mis palabras son injujstas y hasta discriminatorias. Puede que recuerden a “Quique”, a “La Norma”, a “Doña Beatriz”o al “viejo Roberto que me compraba el diario todas las mañanas” con un dejo de ternura. Sin embargo, tengo sólidos fundamentos y puebas irrefutables que demuestran que todo cariño o dedicación que pongan en “ayudarnos” o satisfacer nuestros deseos es símplemente una pantalla para disimular su desprecio absoluto por nuestra existencia.
En efecto, todas las mañanas estos topos urbanos se visten con mamelucos, toman la escoba, el secador de piso, un trapo y el valde, y con macabra sonrisa abren la canilla inundando toda la vereda, empujando con chorros los papeles, las colillas y las hojas, trabándose en una lucha sin cuartel contra todo aquel elemento extraño que viene a polusionar la entrada de “su” edificio. Algunos complementan el “genocidio de basura” frotando ferozmente las baldosas.
Uno puede verlos compenetrados en sus labores cuando despunta el día pero si afinan bien la vista, si prestan real atención, pueden notar como sus globos oculares se mueve rápidamente hacia el rabillo buscando potenciales víctimas; desprevenidos transeuntes que con paso agitado para ir al trabajo no se percatan que justo allí (¿casualidad?...lo dudo) hay una baldosa floja. Todos sabemos que ante nuestro pisotón, un chorro de agua sucia (llamado también escupida) se elevará del piso directamente hacia nuestro calzado y pantalónes condecorándolos. Esa es la marca que dejan en sus víctimas y que muestra a toda su comunidad la eficacia de su trabajo. También estan los que se hacen los distraídos y mientras sostienen la manguerita giran brúscamente y, cual samurai, nos rasuran con su acuosa espada. Y si la situación es indiscimulable bajarán el adminiculo pero mirarán con gesto de odio y reprobación.
Pero ello no es todo, ni bien te mudas al edificio ya saben al departamento donde irás a vivir y si piensas que no lo conocen por dentro estas equivocado. De seguro habrán hecho algún “arreglo” con anterioridad, habrán ayudado a cargarle las bolsas del supermercado al que vivía antes o, directamente, habrán hecho la instalación clandestina de la señal de cable que, obviamente, tomaron el recaudo de quitar antes de que llegue el nuevo “inquilino/súbdito” para volver a cobrarle el precio de la chantada. Por ende, conocen todos los recovecos y secretos de funcionamiento del hogar donde viviremos.
Luego de una conversación informal, amparados por su mítica condción (¿Quién nunca habló con el portero?), averiguaran tu nombre, algunos datos de tu vida (edad, trabajo, estado civil) y así seguirán absorviendo información que volcarán en formularios mentales inviolables y que administrarán en la forma más ventajosa a sus intereses. Inclusive, estos nefastos seres, no titubearan en proponerte algún chanchullo pero recordándote que no debe entrarse nadie “porque después el problema lo tengo yo” (palabras que en realidad hay que leer como “Yo te mando al muere y me lavo las manos”) y llegado el caso te recordarán lo mucho que saben de tu vida y que conocen a tu familia (“¿Cómo esta la tía pocha?, hace mucho que no viene por acá ¿Sigue viviendo en Malabia y Corrientes”), hasta puede ocurrir que en un momento de emergencia haga referencia a su organización (“¿Sabés que justo da la casualidad que el encargado del edificio donde vive tu novia es amigo mío?”). Claro que pueden existir fisuras y que algún integrante de la organización sintiéndose omnipotente acose sexualmente a alguno de los que estan llamados a controlar. La sentencia será categórica: destierro, cambio deactividades o, en casos mas leves, readaptación.
Nadie puede negarme que esta es una realidad, todos vivimos situaciones similares que consideramos normales e inofencivas: simple conversación “bla bla” sin importancia; “colaboraciones y ayudas desinteresadas”; o “gauchadas de alguien bonachón que nos conoce desde hace tiempo”, etcétera.
Pero...¡NO! Si observamos con atención, si paramos la oreja, si nos detenemos un segundo, podremos vislumbrar sus ojos movedisos, sus orejas puntiagudas, su andar escurridizo y silencioso, sus manos trabajadas, su sonrisa ladina...su expresión diabólica.
Ahora podrán ver que mis convicciones no son caprichosas ni carentes de sustento probatorio, soy simplemente uno de aquellos mortales que han logrado ver más allá de las apariencias; que han pasado noches de desvelo repasando mentalmente actitudes, palabras, intensidades en la voz. Tomen la recomendación de alquien que se sumergió en las aguas pantanosas de estos siniestros misántropos o aténganse a las consecuencias.

lunes, 30 de junio de 2008

"Todos tenemos un muerto en el placard"


Con motivo de la despedida de mi hermano Facundo a lejanas tierras anglosajonas, mi madre organizó una fiesta de despedida que, además de congregar a la familia y a los amigos y de brindarme la posibilidad de comer opíparamente, me dio la pauta clara de que, aunque lo creía imposible, existía el alto riesgo de que mi progenitora estuviera a punto de cumplir con una de las máximas maternales: Poner en ridiculo a los hijos.
Con ingenio realizó en una cartulina una especie de rompecabezas que resumía los 27 años de vida de mi hermano. Tenía un formato de diagrama de flujo pero con organización caótica donde un sin fin de flechas cruzaban espacios en blanco en los que el agazajado, ante la mirada de todos los asistentes y en un breve tiempo cronometrado por el implacable Roberto, debía pegar diversas fotos en que se reflejaban distintos momentos de la vida de su hijo menor, abajo de las cuales escribió leyendas como “Nací un 9 de marzo, era un gordito hermoso”, “me recibí de licenciado...el orgullo de mamá”, “Trabajé mucho y pude recorrer el mundo...que genio!”, “Siempre fui muy deportista hasta que me rompí 400 veces los tobillos..que goma!”, etc. Ya la primer foto motivó una estruendosa carcajada de los amigos de mi hermano que vieron a un gordo rechoncho de rosados cachetes posando sin ropas y sacando, con la inocencia de la tierna infancia, la lengua. Así siguieron las carcajadas y los “aaaaaahhhhh!...que tiernoooooo” de las mujeres presentes.
Yo, por mi parte, guardaba un silencio cerrado y oscuro como el que mantienen aquellos que se saben acechados por el enemigo. Sentí una señal de alarma, un escalofrío me recorrió la espalda y el sudor comenzó a brotar de mi frente. Estaba ante la primera manifestación cabal de que mi madre no tendría escrupulos, movida por su amor incondicional, a someternos a una situación de vergüensa suprema.
Aunque mi hermano y yo no nos caracterizamos por tener ese sentimiento de pudor que habitualmente suele confundirse con ubicuidad social (especialmente quien escribe), la cosa estaba pasando de castaño a oscuro.
Al otro día mi hermano me comentó aliviado: “Por lo menos la vieja no sacó esa foto en que estamos disfrazados como superman y robin...Tengo que quemar esa foto”. Los interminables trámites que tuvo que efectuar antes de viajar le imposibilitaron encarar una pesquisa más profunda y me dejó “el trabajo” a mi, pidiéndome encarecidamente que cuando lograra quemar las evidencias le mandara un mail para que pudiera sentirse seguro que esa mácula en su pasado quedaba definitivamente en el olvido.
Durante semanas estuve revisando disimuladamente los cajones, los placares, la baulera y todo espacio donde mi vieja podría haber guardado las fotos, pero sin éxito. El miedo se convirtió prontamente en un terror angustiante.
Mi madre. La organizada; la que cuando te das vuelta te guardó la cucharita con que ibas a revolver el cafe porque pensó que estaba fuera de lugar; la que pone el grito en el cielo si guardas los Tupers en el cajón de las cacerolas; la que casi sufre un síncope el día en que la tijera de la cocina desapareció durante quince días para viajar hasta el lapicero de mi escritorio por décima vez; la que realiza una planilla de excel para organizar todo lo que tiene en el vanitori, no podía haber perdido las “fotos de la vergüenza”. No!!!...indudablemene las había escondido esperando la oportunidad de “sacar los trapitos al sol”. Intensifiqué mi busqueda y durante casi un mes le dí vuelta la casa tomando la precaución de dejar todo en su lugar exacto para no despertar sospechas. Finalmente el esfuerzo rindió sus frutos.
Pense quemarlas en la hornalla, mojarlas y ponerlas en el microondas, partirlas en pedacitos y tirarlas a la basura, metermelas en la boca y tragárlas. Sin embargo cuando estaba a punto de tirarlas a la parrilla y rociarlas con alcohol sentí un golpecito en la fibra íntima de mi ser. Era algo similar a la ternura o a la nostalgia. “Pobre vieja, no puedo hacerle esto” me encontré pensando. Guardé las fotos en la mochila y me las llevé.
Estuve meditando durante largo tiempo que hacer con ellas. Las miraba y no podía evitar reirme, recordar momentos que han pasado, pequeños estallidos de tiempo donde toda nuestra niñez queda focalizada en un punto que desgustamos con el mismo placer con que saboreamos un vino añejo.
De pronto, mientras me encontraba comiendo una porción de pizza en la barra de “Guerrin” todo se aclaró.
No existe madre que, llevada por la máxima expresión del amor o la suprema estupidez, no nos haga pasar un momento de extrema vergüenza ante “aquellos que no tienen porque enterarse de eso”.
Las que no muestran las fotos donde aparecemos en pelotas con un “pitulín” cercano al de los eunúcos la primera vez que nuestra novia se queda a comer, decidén compartir la primera menstruación de la nena con todo el barrio. Otras ponen un gran pasacalle para anunciar a las vecinas que “la nena se ME recibió de podóloga” y las más modernas gritan a los cuatro vientos con aires de superadas “mi hijo/a es gay y estoy orgullosa”. No nos hagamos los boludos, todos lo sabemos, existe una ámplia gama de comportamientos maternales que los hijos debemos padecer.
Pero, ¿qué es lo que nos molesta de esta situación? ¿Qué hallamos hecho lo que hicimos o comentado lo que comentamos?, ¿La foto en que aparecemos en pelotas? O, en realidad, ¿qué ese muerto que tenemos en el placard sea exhibido al mundo descaradamente por nuestra propia madre?.
En mi caso, que como dije soy casi un desvergozado total, es lo último. Por ende, lo que aquí hago no es más que un acto de venganza o de legítima defensa. Un ataque ante el indudable avance del enemigo, Un acto de justicia. Muestro al mundo, sin pudor y sintiéndome profundamente orgulloso (si OR-GU-LLO-SO) algunas de las fotos más vergonzosas que nuestra madre guardaba esperando el momento oportuno de utilizarlas. Se que no es lo que mi hermano deseaba, pero doy por hecho que apoyará mis acciones y afrontará valientemente cualquier consecuencia.
Me pregunto, ustedes por casa, como andan?